Por: Dirwings Arrieta
Hablar con la verdad nunca ha sido fácil, pero como chavista que ha pisado la calle y defendido esta revolución junto al pueblo, sé que ocultarla es un error. El dolor de reconocer nuestras fallas jamás se comparará con el sufrimiento de nuestra gente. Hoy nos toca hablar claro: la patria exige decisiones firmes, no posturas cómodas.Venezuela no atraviesa esta tormenta porque el ideal bolivariano haya fallado.
Estamos en un punto crítico porque el mapa político mundial cambió, porque cometimos errores graves en la gestión pública, porque hubo conspiraciones internas y externas, y sobre todo, porque tardamos en reaccionar.
En esta Venezuela de 2026 no hay espacio para la rigidez teórica. Nuestra primera obligación es salvar al país y mantener en pie lo que hemos construido con tanto sacrificio. Buscar soluciones realistas no es traición; es proteger la vida de nuestro pueblo.La compañera Delcy Rodríguez ha recibido ataques injustos desde todos los lados.
La derecha la ataca por representar a la revolución, mientras algunos sectores de la izquierda la critican por buscar salidas prácticas. Quienes conocemos su trayectoria sabemos que su lealtad con el país es firme.
Sus estudios, su preparación en el exterior y su dominio de la diplomacia no son privilegios: son herramientas puestas al servicio de la patria. Sentarse a negociar con potencias contrarias, mantener la frente en alto mientras se logran acuerdos concretos y evitar que el país se desarme en mil pedazos exige mucho más valor que lanzar discursos vacíos.
Eso es hacer revolución en la práctica.Hablar con Estados Unidos no significa rendirse. Reconocemos que el mundo de hoy es multipolar, pero también entendemos que la diplomacia exige actuar sobre la realidad. Venezuela no va a una mesa de negociación de rodillas; va con el peso de sus recursos naturales, su ubicación estratégica y la resistencia de su gente.
Asuntos como la estabilidad económica, el retorno de nuestros migrantes y la seguridad regional no son concesiones al enemigo: son necesidades urgentes de nuestras familias. Lograr acuerdos que traigan recursos, comercios y estabilidad para reconstruir la calidad de vida es el verdadero deber de un patriota.
Hay que decir las cosas como son: si permitimos que las instituciones colapsen por completo, no vendrá un gobierno perfecto; vendrá el caos, la delincuencia organizada y el sufrimiento de las comunidades más humildes. Cuando un Estado se rompe, los más perjudicados son siempre los sectores vulnerables.
Proteger la estructura del Estado, con todas las fallas que debemos corregir, es la única garantía para poder reconstruir el bienestar social. Preservar el país hoy es la condición para transformarlo mañana.
Organizar la casa antes de cualquier proceso electoral no es dar la espalda a la democracia; es actuar con responsabilidad. Celebrar elecciones en medio de la polarización extrema y una economía golpeada solo profundizaría la división.
El tiempo que ganemos debemos usarlo para estabilizar los ingresos de los hogares, recuperar los servicios públicos, fortalecer las instituciones y garantizar una paz duradera. Eso es lo que se está intentando desde la alta dirección del Estado, y como chavistas debemos entender que es el camino correcto.No podemos atribuir todos los problemas al bloqueo externo.
Es verdad que ha habido agresiones y sanciones, pero también es cierto que hemos tenido corrupción, ineficiencia y falta de renovación. Aceptar esto duele, pero es indispensable. Una revolución que no reconoce sus fallas termina perdiendo el rumbo.
Esta postura no busca defender cargos ni privilegios; busca defender la existencia de Venezuela como nación soberana, garantizar que los recursos sigan siendo del pueblo y mantener viva la esperanza de la gente humilde.
El pragmatismo que hoy se aplica en la diplomacia busca preservar la patria para el futuro. No es la teoría perfecta que leímos en los libros, es la acción concreta que la historia nos exige hoy. Cedemos en lo táctico para no perder lo fundamental, porque la dignidad sin pueblo es solo soberbia, y una revolución sin pueblo no es más que un recuerdo.
Este es un análisis con el que hago un llamado a la conciencia desde las entrañas del chavismo; de quién ama a Venezuela y entiende que la verdadera lealtad a la patria no se demuestra con consignas, sino con el valor de hacer lo necesario para salvar al pueblo.


